El próximo brexit

SEIS DÍAS DESPUÉS de la victoria de Donald Trump en la elección presidencial de Estados Unidos, usuarios de las redes sociales del Reino Unido despertaron con una fotografía del presidente electo al lado de otro rostro familiar: Nigel Farage, líder del Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP, por sus siglas en inglés). Ambos hombres, que se autopromueven como defensores de las personas comunes, se encontraban de pie, con grandes sonrisas, frente a una brillante puerta de elevador de color dorado en el penthouse de 100 millones de dólares de Trump en Nueva York. La imagen no solo era una señal de una floreciente amistad varonil; era la prueba de una convergencia más amplia. Figuras de ideas afines provenientes de la extrema derecha populista atraviesan las fronteras y celebran los éxitos mutuos. “Ellos consideraron el brexit como un ejemplo para su campaña”, declaró a Newsweek un triunfante Farage. “Si analizamos las últimas semanas de la campaña de Trump, cada noche de cada mitin, él dijo que esto sería más grande que el brexit”.

Farage ha recorrido un largo camino hasta llegar al pináculo de la Torre Trump. Apenas hace dos años y medio yo esperé bajo la helada lluvia para escucharlo hablar en un apagado salón de la ciudad costera de Portsmouth, en el extremo sur de Inglaterra. Se trató de un suceso sencillo e informal, con un excéntrico puesto de mercancías donde se vendían toallas para el té que describían al entonces presidente del Consejo Europeo Herman Van Rompuy como un “trapo húmedo”. Ahora, Farage y otros políticos de Europa con puntos de vista similares piensan que el movimiento ha avanzado de los márgenes hacia el centro. En junio, las masas británicas sorprendieron a los expertos y votaron a favor de salir de la Unión Europea; poco después se produjo la victoria de Trump. Mientras el público asimilaba la noticia, Florian Philippot, vicepresidente del partido francés Frente Nacional, de extrema derecha, describió su deleite en un tuit: “Su mundo se viene abajo. El nuestro se está construyendo”.

Esto podría ser una exageración, pero en toda Europa del Este los populistas de derecha se preparan para emprender batallas contra los nerviosos políticos progresistas o centristas. En Austria, que enfrenta la repetición de su elección presidencial el 4 de diciembre, Norbert Hofer, candidato del Partido de la Libertad, de extrema derecha, podría obtener el cargo, que es en gran medida simbólico, aunque no deja de ser importante. Eso lo convertiría en el primer jefe de Estado de extrema derecha en la Unión Europea. En marzo habrá elecciones parlamentarias en los Países Bajos, en las que se prevé que el Partido por la Libertad, de tendencia antiislámica, entablará una cerrada contienda contra el partido gobernante, de centroderecha. Posteriormente, el Frente Nacional de Francia también tiene una oportunidad de lograr la victoria en la elección presidencial. En Alemania, donde habrá una elección federal a principios de la segunda mitad de 2017, es probable que la Alternativa por Alemania (AfD), un nuevo partido antiinmigración y antiislam, obtenga sus primeros escaños en el parlamento nacional.

Sin embargo, no es seguro que la extrema derecha prevalezca en todas estas contiendas. La elección presidencial en Austria está demasiado cerca. Marine Le Pen, candidata presidencial del Frente Nacional, tiene una puntuación de alrededor de 30 por ciento en las encuestas, lo cual le basta para llegar a la segunda ronda de votación en Francia, pero se encuentra muy por debajo del 50 por ciento que necesita para llegar al Palacio del Elíseo. En los Países Bajos, el Partido por la Libertad y el Partido del Pueblo del primer ministro Mark Rutte, de centroderecha, oscilan entre el primero y el segundo lugar. Nada de lo anterior significa que los moderados y los progresistas estén seguros. “Si me hubieran dicho hace un año: ‘En un año estarás viviendo en un Reino Unido fuera de la Unión Europea mientras que Trump gana la elección’, hubiera dicho: ‘Oh, pero las probabilidades son realmente bajas’”, señala Daphne Halikiopoulou, analista de la extrema derecha europea de la Universidad de Reading, en el Reino Unido. “En la situación actual, no confío en nada ni en nadie”.

UNA VUELTA A LA ULTRADERECHA: Líderes de partidos nacionalistas como Nigel Farage del Reino Unido aún no toman las grandes decisiones. Pero esto podría ser solo cuestión de tiempo. Foto: MICHAL FLUDRA/CORBIS/GETTY

Estos partidos no son idénticos, pero todos ellos se han posicionado entre las camisas almidonadas de centroderecha y los matones de miradas frenéticas de la extrema derecha. Todos comparten un tipo de nacionalismo de “¡pónganos a nosotros primero!”, visible a simple vista en sus eslóganes, desde el “queremos que nos devuelvan nuestro país” de Farage hasta el principio rector del Partido de la Libertad de Austria que dice “Austria primero”, y la arrogante promesa de Trump de “hacer que Estados Unidos sea grande otra vez”. La oposición a la inmigración es una parte fundamental de su atractivo, pero mientras que algunos plantean razones explícitamente culturales o raciales para esa postura, otros la consideran en términos más prácticos. Por ejemplo, los principales partidos de extrema derecha de Alemania, Francia, Austria y los Países Bajos son explícitamente antiislamistas, mientras que Geert Wilders se refiere alegremente al “megaproblema marroquí” de ese país (a diferencia de sus homólogos de extrema derecha en otras partes de Europa, el UKIP se ha centrado más en la inmigración hacia el Reino Unido proveniente de otros estados de la Unión Europea). Todos estos partidos obtienen parte de su apoyo de las comunidades de la clase trabajadora, generalmente en áreas postindustriales, y adoptan gozosamente causas como el proteccionismo económico e incluso la nacionalización, las cuales, en décadas recientes, han estado más asociadas con la izquierda que con la derecha. Sin embargo, su apoyo no puede reducirse a preocupaciones puramente económicas.

Las relaciones entre los movimientos de derecha no siempre son cálidas; algunos de estos populistas que han asumido el poder recientemente son oportunistas rapaces con personalidades quisquillosas. Por ejemplo, Farage ha buscado distanciarse del partido de Le Pen, al que ha acusado de antisemitismo. Esta denuncia le ayudó a ser considerado una voz política legítima en la televisión británica y en los diarios establecidos del país. Si alguno de estos partidos llega al poder, no es difícil imaginar la fricción cuando un conjunto de gobiernos de “¡pónganos a nosotros primero!” se agarren a trompadas. Sin embargo, esta es una crítica que los partidos desestiman. Farage resume su razonamiento con un lugar común que no deja lugar a dudas: “Las buenas cercas hacen buenos vecinos”.

Las relaciones personales entre estos partidos y movimientos no han hecho más que profundizarse. Farage tiene relación con la Casa Blanca de Trump a través de su antiguo asesor y aliado cercano, Raheem Kassam, editor de la sucursal en Londres de Breitbart, el sitio web de noticias de extrema derecha. Kassam es un protegido de Steve Bannon, el antiguo presidente de Breitbart, a quien Trump acaba de nombrar como su estratega en jefe, y a quien Farage conoce, según sus propias palabras, “desde hace algunos años”. Mientras tanto, en 2015, los Partidos de la Libertad de los Países Bajos y de Austria, así como el Frente Nacional y otros, crearon un grupo en el Parlamento Europeo denominado Europa de las Naciones y la Libertad; estos partidos se respaldarán unos a otros en sus próximas contiendas. Farage declaró a Newsweek que no descartaría apoyar a estos partidos. Algunos de ellos incluso podrían compartir un medio de comunicación afín; Breitbart, cuyo contenido áspero y en ocasiones racista o islamofóbico fue adoptado por los partidarios de Trump y que se ha mostrado decididamente a favor del UKIP, se expandirá a Francia y Alemania, y posiblemente habrá de impulsar a Le Pen y a la AfD.

En cierta forma, afirma Halikiopoulou, la analista de la extrema derecha, no es tan importante si esos partidos están de acuerdo en cada detalle; sus oportunidades de lograr el éxito electoral mejorarán simplemente al proyectar un sentido de propósito compartido. “Pueden colocar una fachada que haga énfasis en que sus objetivos y sus metas son las mismas”. Cada éxito electoral para un miembro del grupo, y especialmente el de Trump en Estados Unidos, añade legitimidad e impulso a los demás. “Ellos dicen: ‘Miren, hemos tenido razón desde el principio’”, señala Halikiopoulou.

MAYDAY: Theresa May gestiona la salida del Reino Unido de la Unión Europea, aunque promovió tímidamente la permanencia en la Unión. Foto: STEFAN ROUSSEAU/REUTERS

Si ganan las elecciones nacionales, los partidos populistas insurgentes de Europa Oriental podrían alinearse en algunos aspectos con Hungría y Polonia, ambos países gobernados por populistas de la derecha religiosa: Fidesz en Hungría y Ley y Justicia en Polonia. Estos partidos no están a favor de salir de la Unión Europea, pero con frecuencia se oponen a la interferencia de Europa en áreas como las políticas de inmigración y con respecto a los refugiados; el primer ministro húngaro Viktor Orbán y el líder de Ley y Justicia, Jaroslaw Kaczynski, han jurado encabezar una “contrarrevolución cultural” contra la Europa liberal. Mientras tanto, en Italia, el populista Movimiento Cinco Estrellas, menos nacionalista pero igualmente contrario al orden establecido, puede ganar si el primer ministro Matteo Renzi pierde en un referendo a realizarse el 4 de diciembre sobre una reforma constitucional a la que ha apostado su empleo.

Si ganan, Wilders y Le Pen desean realizar referendos sobre la permanencia de sus países en la Unión Europea (Hofer no tendrá ese poder si obtiene la victoria). Ellos desean salir de la Unión y crear un nuevo sistema en el que las naciones trabajen juntas en una estructura mucho más abierta. Bruselas está muy consciente de la amenaza: “Necesitamos convertir este doloroso despertar en un llamado político a la acción”, dijo Pierre Moscovici, comisionado europeo de asuntos financieros y económicos, en un discurso tras la victoria de Trump.

Sin embargo, pocos líderes de la Unión Europea pueden llegar a un acuerdo con respecto a la estrategia para contraatacar. Para el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, la solución es una mayor cooperación transfronteriza: “No hay suficiente Europa en esta Unión… y no hay suficiente unión en esta Europa”, dijo en septiembre. Otras personas piensan que la Unión Europea debería hacerse a un lado en áreas controvertidas como las políticas de asilo y concentrarse en funciones como promover la competitividad en las empresas. “La amenaza común es que todos estos partidos se quejan de que han perdido el control de su propio destino”, afirma Pieter Cleppe, director de la oficina en Bruselas del grupo de analistas Open Europe. “Definitivamente, la Unión Europea forma parte de esto; los burócratas anónimos en Bruselas toman decisiones muy importantes”.

Farage, Le Pen y otros como ellos aún no toman las grandes decisiones. Rutte y el exprimer ministro Alain Juppé de Francia podrían ganar fácilmente las elecciones en los Países Bajos y en Francia, respectivamente. Ambos son moderados de centroderecha con una gran experiencia, temperamento tranquilo y una visión internacional. Sin embargo, lo que Trump y el brexit han demostrado es que una promesa de independencia irrestricta para una nación y la homogeneidad cultural o racial para su pueblo puede resultar extremadamente atractiva. Conforme crece la idea del nacionalismo, los centristas deben encontrar una manera de presentar sus argumentos de mejor manera, o dicha idea habrá de ahogarlos.

Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek