No obstante, la repentina pérdida del suministro de agua lo ha dejado casi al borde de la desesperación. Sin acceso al agua municipal, El Qaisi y sus vecinos siempre han dependido de un servicio privado de camiones cisterna para llenar sus depósitos. Pero construcciones recientes han puesto fin a ese recurso. Los enormes vehículos ya no pueden acercarse, de modo que los residentes ahora deben acarrear el agua por caminos empinados e irregulares. Y como no pueden lavar adecuadamente la ropa o siquiera lavar los trastos, poco a poco empiezan a reconciliarse con un mundo casi sin agua. “Vuelvo sucio a casa, y a veces no puedo asearme”, comenta El Qaisi, con los brazos y la cara manchados de sudor y aceite de motor. “Es humillante. Nadie debiera vivir así”.

Un hombre lava sus manos. FOTO: THOMAS
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Sin acciones drásticas, muchos jordanos podrían encontrarse en esta situación desesperada. El río Jordán, la única vía navegable del país, está sucio y muy menguado, y algunos de sus acuíferos han sido explotados al punto de que ya no pueden recuperarse. La precipitación anual del país caerá drásticamente debido al cambio climático, al tiempo que la población sigue creciendo. Jordania es demasiado pobre para recurrir a la desalinización en gran escala, o para arreglar su precaria infraestructura. Y el crecimiento poblacional del país da pocas señales de disminuir, de manera que no puede echar mano de las importaciones de agua, como han hecho algunas naciones insulares poco pobladas del Pacífico y el Caribe. La escasez de agua se ha agravado tanto que ya ha provocado enfrentamientos entre refugiados y jordanos nativos, y los funcionarios responsables de responder a la creciente demanda con las menguantes existencias empiezan a ser presa del pánico. “Tenemos que buscar fuera de Jordania”, dice Ali Subah, secretario general de planificación estratégica en el Ministerio de Agua e Irrigación. “Aquí ya no hay recursos hídricos”.
Jordania podría ser el primer país en quedarse sin agua, pero seguramente no será el último. Según pronósticos, la demanda mundial de agua aumentará alrededor de 50 por ciento para 2050. Y la situación también es crítica en términos de oferta: la NASA afirma que 21 de los 37 acuíferos más grandes del mundo ya están rebasando sus puntos de inflexión debido, en parte, a la extracción excesiva de agua para consumo y actividades mineras. Entre tanto, parece que el calentamiento global está reduciendo la precipitación en algunos lugares. Por ello, la Organización Meteorológica Mundial proyecta que dos de cada tres personas sufrirán de escasez para 2025, y otros cientos de millones más tendrán que lidiar con una calidad de agua peligrosamente mala.
Abrumadas por el reto de proveer a sus crecientes poblaciones de infraestructura —a menudo de mala calidad—, muchas megaciudades del planeta se encuentran particularmente amenazadas. Hoy, 4,000 millones de personas viven en zonas urbanas; un total que, según cálculos, casi se duplicará para mediados del presente siglo. Nairobi, capital de Kenia, estuvo a punto de secarse este verano, mientras que, en Sudáfrica, Ciudad del Cabo está sufriendo la peor sequía registrada en muchos años. Teherán, capital iraní, parece a punto de introducir el racionamiento de agua. Y en Estados Unidos, 40 estados anticipan problemas de agua durante la próxima década. El Banco Mundial ha dicho que la escasez de agua podría costar 500,000 millones de dólares anuales a la economía global, en el mejor de los casos; y en el peor, conduciría a la guerra y al terrorismo. En las palabras de un informe de inteligencia estadounidense publicado en 2012, “el uso del agua como arma o para promover objetivos terroristas se volverá más probable después de diez años”.

El desierto Wadi Rum. Jordania nunca ha tenido mucha agua,
pero la población, relativamente reducida, logró sobrevivir durante la mayor
parte de su historia. FOTO: WESTEND61/GETTY
Esa advertencia se vuelve especialmente preocupante en Oriente Medio, a la zaga de las revueltas de 2011 conocidas como Primavera Árabe. Como sucede en gran parte de aquella región —y en el mundo—, la mayor parte del agua de Jordania (al menos 65 por ciento) se destina a la agricultura. Y algunos funcionarios reconocen que esta proporción es insosteniblemente elevada. “No podemos decir a la siguiente generación que perdimos toda su agua porque cultivamos demasiados tomates”, comentó un miembro de la corte real a condición de permanecer anónimo, ya que no tenía autorización para hablar con la prensa. En el palacio real, equipos de especialistas estudian opciones, mas en una región inestable, los políticos se resisten a renunciar a toda la producción de alimentos. “De cierta manera, esto ha venido ocurriendo desde tiempo inmemorial”, explica Aaron Wolf, profesor de geografía y destacado experto en recursos hídricos de la Universidad Estatal de Oregón. “Si eres rico, la resuelves [la crisis]. Si eres pobre, mueres”.
Jordania nunca ha tenido mucha agua, pero la población, relativamente reducida, logró sobrevivir durante la mayor parte de su historia. Sin embargo, todo eso cambió tras 70 años de limpiar el desastre de vecinos mucho más grandes. En 1948, dos años después de la fundación de Jordania, varios cientos de miles de refugiados palestinos cruzaron la frontera huyendo de la reciente creación del Estado de Israel y, de la noche a la mañana, triplicaron las necesidades de agua de la flamante nación jordana. En las décadas siguientes, oleadas de libaneses, iraquíes y más palestinos siguieron emigrando, cada cual aumentando la carga. En años más recientes, grandes cantidades de refugiados han emigrado a Amán escapando de la devastación de la guerra en Libia y Yemen. Y en 2013, al agravarse la guerra civil, Siria terminó endilgando a Jordania más de un millón de sus ciudadanos sedientos.
Por supuesto, los jordanos nativos también han hecho su parte en el crecimiento poblacional. La tasa de fertilidad del país es de 3.38, una de las más altas de la región. No obstante, esta explosión demográfica, por sí sola, no dio al traste con el suministro de agua de Jordania, aseguran los estrategas del gobierno (quienes insisten en que los refugiados sirios, provenientes de una tierra menos árida, no entienden las prácticas de conservación del agua). Pero dado que mucho del crecimiento ocurre mediante afluencias repentinas, las autoridades no han podido planificar de un año a otro adecuadamente.

UN MUNDO SIN AGUA: La historia tumultuosa de los vecinos de Jordania
ha contribuido a la escasez de agua del país. En la foto, el rey Abdullah II. FOTO:
MAX MUMBY/INDIGO/GETTY
Y, así, conforme la población de Jordania sigue superando todas las proyecciones (en 2015 excedió el pronóstico de 9 millones calculado para 2035), los estupefactos funcionarios han saqueado todas las fuentes de agua disponibles, con resultados devastadores: 10 de los 12 acuíferos del país están casi agotados, informa Maysoon Zoubi, directora del Consejo Superior de Población y exsecretaria general del Ministerio de Agua e Irrigación. En algunos lugares, los ingenieros hidráulicos están perforando a más de 1.6 kilómetros de profundidad en busca de nuevos acuíferos. Según los expertos, las autoridades no tienen alternativa. “La calidad del agua está empeorando, la cantidad de agua está disminuyendo, pero es necesario proporcionar agua a la gente”, señala Raed Nimri, experto hídrico de Mercy Corps y subdirector de Water Innovations and Technologies, programa para ahorro hídrico financiado por Estados Unidos. “Esto es un problema de seguridad nacional”.
Con 90 metros cúbicos anuales por persona —una de las cuotas de agua per cápita más bajas del mundo—, los jordanos disponen de apenas 3 por ciento del consumo estadounidense. Pero el país no está exento de culpa en su problema hídrico. Quizá la mitad del agua extraída se pierde en fugas de las tuberías. Grandes chorros de agua dulce brotan en algunos de los áridos distritos de Amán y riegan el hormigón. A causa de los agujeros en la red de distribución, los operadores de las estaciones de agua tienen que bombear, frenéticamente, para mantener la presión en las tuberías, de suerte que se desperdicia más líquido en tránsito. De hecho, según el Ministerio de Agua e Irrigación, casi 20 por ciento de la electricidad de Jordania se destina a bombear y a circular agua por todo el país. A pesar de ese gasto masivo, el flujo a menudo es tan débil que, cuando llega a los residentes (muchos de los cuales solo pueden acceder al agua municipal cada pocas semanas), no tienen suficiente tiempo para llenar los tanques de azotea que utilizan para sobrevivir hasta la siguiente entrega. “¡Las calles reciben el agua que necesitamos!”, protesta Samir Kukh, un funcionario jubilado que vive en el barrio capitalino de Bayader.
El robo también pasa una factura onerosa. Durante décadas, una camarilla adinerada de familias importantes y líderes tribales ha explotado los recursos hídricos de Jordania. Conscientes de que la monarquía depende de su apoyo político, han desviado torrentes de agua gratuita sin miedo a las represalias. “Hay interferencia política porque algunas de las grandes familias tienen granjas”, apunta Zoubi. Según el Ministerio de Agua e Irrigación, cada año se pierden, al menos, 30 millones de metros cúbicos en pozos ilegales, si bien expertos independientes sospechan que el total podría ser mucho mayor.

BEDUINOS cerca de Jericó, en la Ribera Occidental. FOTO: DAVID SILVERMAN/GETTY
Así que, a la vez que la grave escasez de agua provoca enfrentamientos entre los refugiados sirios y los jordanos, sobre todo en las inmediaciones de Ramtha, en el norte, esos poderosos terratenientes están agotando las aguas freáticas. “En un país que podría quedarse sin agua, solo hay reglamentos para los débiles y los pobres”, acusa dice Mohammed Atiyeh, un agricultor del meridional Valle del Jordán.
Ubicada en el valle, con su célebre tierra fértil y a varios cientos de metros bajo el nivel del mar, la granja de Atiyeh debiera estar prosperando. Pero regándola con agua más salada que la de mar, solo consigue cultivar palmeras de aspecto enfermizo. Y ya que su vecino —miembro de una de las familias más importantes de la zona— acapara lo que queda del agua dulce para regar sus plátanos, Atiyeh teme que muy pronto no podrá cultivar absolutamente nada.
Otros encaran una situación mucho más difícil. Varios kilómetros al sur, a orillas del Mar Muerto, los sumideros ya han consumido algunos campos. Dado que casi nada del caudal del río Jordán desemboca en el lago, el punto más bajo de la Tierra, los niveles superficiales están menguando casi un metro al año, llevándose todo consigo, desde carreteras hasta cultivos de arroz. Los operadores de algunos spas del lado israelí del Mar Muerto ahora utilizan remolques que arrastran con tractores para trasladar a sus huéspedes más de un kilómetro hasta la playa.

SISTEMA SOLAR para irrigación en el oriente de Jordania. FOTO: JOHN ZADA/ALAMY
A causa del cambio climático, la escasez de agua de Jordania podría empeorar drásticamente. Según proyecciones de Jordan Water Project, de la Universidad de Stanford, la escasa lluvia que recibe el país disminuirá 30 por ciento para fines de siglo. La tierra se secará y se reducirá la producción. A medida que la oferta alcance nuevos niveles bajos y la demanda se dispare —sobre todo en agricultura, ya que las temperaturas mucho más altas provocan una mayor evaporación y cosechas más sedientas—, hasta la realeza habrá de enfrentar dificultades. “Aun cuando Jordania contribuyó muy poco al impacto inminente del cambio climático, se espera que sufra en un nivel mucho más alto respecto a otros países”, dice el príncipe El Hassan bin Talal, tío del rey y expresidente de la Junta Consultiva sobre Agua y Saneamiento del Secretario General de Naciones Unidas. Aun con los niveles actuales de precipitación, Jordania jamás ha llenado su presa y su red de embalses más allá de 60 por ciento de su capacidad.
Y, luego, tenemos las repercusiones inevitables de la infortunada topografía del reino. Situado río abajo de Siria e Israel, y con sus acuíferos más grandes extendiéndose bajo las fronteras con Arabia Saudita y Siria, Jordania siempre ha estado a merced de las políticas hídricas de sus vecinos. Desde la década de 1950, la construcción de presas y la expansión agrícola de Siria han reducido a menos de 60 por ciento el volumen del río Yarmuk, el principal afluente del río Jordán. La Presa de Al Wehda, el gran embalse jordano en el Yarmuk, rara vez se ha llenado a más de un cuarto de su capacidad. Con todo, las autoridades de Amán todavía no han visto lo peor, afirman los investigadores de Stanford. Una sequía de escala regional y el crecimiento poblacional río arriba podrían reducir la participación de Jordania en el Yarmuk hasta en 75 por ciento para 2050, en tanto que su acceso a las aguas freáticas seguramente disminuiría mucho más. Con menos lluvia, poca agua fluvial, más gente y acuíferos enfermos, las cuentas ya no cuadran. “Estamos rogando a Dios que nos ayude”, dice Sobhi al Abadi, uno de los cerca de 30,000 conductores de camiones cisterna que llevan agua a los hogares y negocios de toda la capital que no están conectados con la red de suministro. “Porque nada [más] nos ayudará aquí”.

UN REFUGIADO SIRIO aguarda para cruza a Jordania. FOTO: MUHAMMAD HAMED/REUTERS
Todas las mañanas, a partir de las 4 a. m., Al Abadi y otras docenas de camioneros aguardan hasta cinco horas para llenar sus cisternas en Sharat, un pozo situado al sur de Amán. Desde allí, se dispersan por toda la ciudad y esperan a que suenen sus teléfonos. La mayor parte de los vecindarios tiene al menos cinco o seis estaciones de espera, donde los conductores pueden detenerse a dormitar. Pero, cada año, el negocio se vuelven más difícil, dicen Al Abadi y sus colegas. El precio de la gasolina ha subido, elevando el costo del agua, al tiempo que las “grandes familias” con sus pozos privados socavan el mercado. Parece que solo el calor brutal del verano les permite cubrir pérdidas, pues la demanda aumenta. “Creímos que era un trabajo seguro porque, si alguien se queda sin agua, hará lo que sea para comprar más”, dice Al Abadi. “Ahora ya no estamos tan seguros”.
Jordania, ciertamente, cuenta con algunas opciones más terrenales. El Estado se toma cada vez más en serio la tarea de atacar las causas de su crisis, desde lanzar campañas de planificación familiar hasta aumentar el precio del agua y combatir a los grandes barones del líquido vital. “Algunas personas seguirán fuera del alcance de la ley, pero tratamos de reducir el número y, con suerte, su impacto”, dice Samer Talozi, profesor de la Universidad de Ciencia y Tecnología de Jordania, y miembro de Proyecto de Agua de Stanford. Los precios residenciales del agua se han triplicado en los últimos años, de unos 8 dólares a 25 dólares trimestrales, aunque el Banco Mundial insiste en que el agua aún está infravalorada. Organizaciones de ayuda y desarrollo, como Mercy Corps, incluso han reclutado imanes para alentar la conservación del agua en sus sermones del viernes.

SEQUÍA: El anfiteatro romano de Amán. FOTO: BORIS STREUBEL/FIFA/GETTY
Hay indicios de que el Estado por fin está reconociendo la necesidad de reformar su sector agrícola. Casi una cuarta parte de las granjas opera con aguas residuales tratadas, mas los proyectos requieren duplicar esa cifra. Pasar del cultivo convencional a la hidroponía y otras técnicas agrícolas que ahorran agua, como argumenta la mayoría de los expertos del reino, será complicado políticamente, pero Jordania cuenta con el sistema vertical necesario para hacerlo. “Si el rey respalda algo, eso significa que el Consejo de Ministros respalda algo”, comenta Subah, el funcionario de Agua e Irrigación.
En el sur de Jordania, en una región rocosa y borrascosa del desierto, una empresa noruega llamada Sahara Forest Project ha montado una suerte de maqueta para ilustrar la manera como Jordania podría mantener cierta producción alimentaria pese a la escasez de agua. Su modelo, uno de los primeros de su tipo en el mundo, consiste en canalizar agua del vecino Mar Rojo; desalarla con tecnología solar; y luego, reciclarla entre sus invernaderos. Sin suelo, lluvia o agua superficial, pretenden cultivar 130 toneladas de vegetales al año.

UNO DE LOS ACUEDUCTOS DE LA CIUDAD. Las familias ricas han
explotado los recursos hídricos de Jordania durante décadas. FOTO: JOERG BOETHLING/ALAMY
Las reformas son necesarias, pero a largo plazo ninguna bastará para compensar el déficit de agua de Jordania; sobre todo, si los refugiados sirios no vuelven a casa. Hoy, el presupuesto hídrico de Jordania se encuentra un poco por debajo de los 1,000 millones de metros cúbicos, pero el pronóstico es que, para 2025, alcanzará un mínimo de 1,400 millones de metros cúbicos. Así pues, parece que solo la desalinización en gran escala permitirá que el reino satisfaga sus necesidades. “Sucederá en algún momento”, asegura Nimri, de Mercy Corps. “Tiene que suceder, si quieres llegar al punto en que no te quedes sin agua”.
Una de las estrategias más ambiciosas, conocida como el proyecto Red to Dead, consiste en tomar agua del Mar Rojo, desalinizarla y verter el concentrado salino en el Mar Muerto para ralentizar su desaparición. Pero para que los grandes proyectos funcionen, Jordania necesitará mucha más ayuda exterior. Desde el año 2000, la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional ha gastado más de 800 millones de dólares en proyectos hídricos jordanos. Sin embargo, el gobierno está más o menos quebrado, y la disposición del país —una costa corta en pendiente, y muy apartada de los centros poblacionales principales— es particularmente inadecuada para la desalinización rentable. “La inversión masiva requerida para actuar… supera con mucho los recursos de Jordania”, comenta el príncipe Hassan. “La ayuda de la comunidad internacional es esencial para superar los problemas del agua”.

H2 NO: Jordania siempre ha estado a merced de las políticas
hídricas de sus vecinos. Desierto Wadi Araba en las afueras de Petra. FOTO:
BULENT DORUK/ANADOLU AGENCY/GETTY
Aun así, el reino ha demostrado un instinto de supervivencia extraordinario mientras sus vecinos se han tambaleado. Incluso al encarar su mayor desafío, tiene motivos para abrigar esperanzas. “Somos un país de refugiados”, apunta El Qaisi, el mecánico privado de agua, mientras muestra un carrito de compras modificado con el que él y sus vecinos pretenden transportar grandes tanques de agua hasta su colina. “Y los refugiados son supervivientes”, concluye.
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Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek