Los crímenes del teatro

Ismael no quería matar a nadie. Era un chico de 17 años que vivía en un entorno violento, para él una pelea callejera era normal, solo quería herir a su oponente. Pero ese cuchillazo en el estómago de su víctima cambió su vida para siempre. No solo se convirtió en un asesino, sino que después de un tiempo terminó por ser actor. Estuvo cuatro años encerrado en la Penitenciaría Santa Martha Acatitla, que no es solo la cárcel más antigua de la Ciudad de México, sino una de las más peligrosas y conflictivas “universidades del crimen”, como lsmael la llama. No hay escape, no hay reinserción social; una vez dentro, la violencia empuja hacia el delito. Su destino pudo sellarse una vez que cerraron la reja para no dejarlo salir, pero ahí dentro encontró una ventana, un túnel para escapar hacia un futuro mejor: el teatro.

Ismael hoy tiene 25 años y, aunque ya pasó tiempo desde su crimen y lleva otros tantos años en libertad, cada semana tiene que revivir la experiencia no solo de acabar con la vida de una persona, sino todo su tormentoso y violento pasado. El abuelo que le enseñó a usar un arma y a hacer “cosas de hombres”, la pandilla que lo aceptó en su barrio, la riña que lo llevó a prisión, el amigo que lo delató y el maltrato físico y psicológico que vivió en Santa Martha Acatitla. Porque de eso se trata la obra de teatro La espera, de contar sus historias. Tanto la suya como la de otros tres compañeros que estuvieron donde mismo: Mares, el Chaparro y Javier. Convictos que hoy son actores en el Foro Shakespeare como parte de la Compañía de Teatro Penitenciario.

OTRA PUERTA

“Entras en una disciplina y entras en un estatus. Cuando llegas, en automático no vales nada. No porque vayas por homicida, por secuestro… realmente la cárcel te quita la dignificación humana”, platica Ismael, un par de horas antes de salir a escena. Está feliz y tranquilo, pero su voz cambia cuando habla de estas cosas. “El teatro te hace ver que eres una persona, te identifica, te cuestiona, ¿quién soy yo? Y es muy fácil decir cómo somos, no realmente quiénes somos. Somos personas, para empezar. Te hace cuestionarte cómo se comporta una persona. Eso es lo más fuerte que pasé en la cárcel, el cuestionarse uno mismo, el enfrentarse a sus mismos demonios y cadenas, genética, su misma violencia de familia, todo lo que trae uno. Eso se me hace lo más fuerte. Porque sí hay golpes, sí hay humillaciones, pero es parte del estatus de ahí adentro, es parte de un sistema, que para mí es un mundo diferente”.


“El teatro te hace
ver que eres una persona, te identifica, te cuestiona. Y es muy fácil decir
cómo somos, no realmente quiénes somos. Somos personas, para empezar”. FOTO: EL
SIETE CULTURAL

La espera es la tercera obra de teatro realizada fuera de la cárcel por la Compañía, la cual en febrero próximo cumple nueve años de existencia. Después de Las 80 mejores amigas y La mordida, esta es la primera que cuenta las experiencias personales de sus protagonistas. A la directora, Conchi de León, la intrigó la idea de esperar, que es lo que hacen todos los presos, el común denominador de los ahora actores. “Todos tuvieron una infancia tremenda y demoledora, en algún punto quise hablar de eso, pero pensé que podía parecer que estábamos justificando las decisiones que tomaron como adultos”, explica Conchi. “Para mí es muy importante que la gente que comparte sus testimonios no se victimice y no justifique de alguna manera las decisiones que tomaron. Eso no pasó con ellos, creo que son muy conscientes de que fueron muy inconscientes en su momento y que las facturas las pagaron muy bien pagadas”.

En escena hay un violador que cuenta cómo se enamoró de una mujer y no le importa esperar años para volver a verla cuando salga. Un ladrón de autos que cae preso cuando su hijo apenas tiene tres años; 20 años después, una vez libre, son dos desconocidos y el hombre no sabe cómo recuperar el tiempo perdido. Todo eso sucedió de verdad, aunque ahora se represente por medio de monólogos, disfraces y demás elementos. Ismael, entonces, tiene que volver a matar para defender a su amigo, como hizo cuando tenía 17 años. En aquel entonces no sintió miedo, pues dice que no conocía el sistema penitenciario. “A través de que fue pasando el tiempo me daba cuenta de la realidad, me daba cuenta de la circunstancia, que yo como persona, como adolescente, estaba encerrado en un micromundo. La cárcel me hizo ver que hay otras puertas, otros mundos, y una de esas es el teatro”.

DESDOBLE ESCÉNICO

Ahora es libre en más de un sentido, pues asegura que ese es el resultado de repetir y reanalizar sus acciones en escena: “El decir las cosas que yo hice en un momento me hace muy libre. Yo sentía que tenía eso en una mano. Sentía que ya estaba resuelto, pero volver a revivir eso te hace ver otros puntos. Como esta parte del occiso, yo hasta la fecha te puedo decir que no me arrepiento de haber matado a nadie, la verdad no, porque sinceramente no te estuviera compartiendo esta entrevista. Recordar eso me hace pensar que hay consecuencias, positivas o negativas. Si tú me preguntas: ¿tú volverías a matar?, yo te respondería: ‘Depende de la circunstancia’. No por placer, no por dinero, la verdad no, pero depende de la circunstancia, veremos. También tengo la conciencia de evitar esa circunstancia, aprendí a ver lo malo y lo bueno, mi espera es poder equilibrar eso. La espera es eso, equilibrar esos conocimientos positivos y negativos”.


Uno de los principales objetivos de La espera es generar
conciencia. “Abre una reja para hablar de frente de toda la corrupción que hay
en la cárcel”. FOTO: EL SIETE CULTURAL

Ismael se ha cuestionado sobre su carrera como actor. Esto lo llevó a retirarse por seis meses para trabajar con arquitectos; sin embargo, no encontró la misma satisfacción. La tentación del crimen incluso sigue ahí, pero él tiene sus principios claros. “Hay personas que me dicen: ‘Ismael, ¿tú qué estás haciendo en el teatro? Estás perdiendo el tiempo. Mira, aquí están tantos billetes, tantas armas, esto es tuyo, ¿qué estás perdiendo el tiempo?’. Y pues dices: ‘No, es que yo hago lo mismo, yo también delinco igual que tú, pero de otra forma. Tú organizas un crimen, nosotros también organizamos un crimen. Lo ejecutamos, lo ponemos sobre la mesa y tenemos un resultado, que es una obra de teatro. Lo tuyo es ganar dinero, quitarle el dinero a otra persona, un secuestro. Es lo mismo, pero la diferencia es que ambas partes ganan, gana el espectador y gana el actor’. Tú no puedes hablar de impacto social si no te generas impacto a ti mismo. Después es como la violencia que germinan tus padres, ahora nosotros germinamos conciencia en el espectador”.

LA REINCERSIÓN SOCIAL

Conchi de León ya había trabajado teatro en centros de readaptación social, pero nunca con personas de un penal de alta seguridad como Santa Martha. “Sacamos de la calle a un homicida, a un violador y dos ladrones y los tenemos haciendo teatro y enseñando el camino para que no regresen”, platica sobre su trabajo con la Compañía de Teatro Penitenciario. “Porque las cárceles son entrenamientos de la delincuencia, es la universidad del crimen. Para nada hay un proceso de reinserción y lo estamos logrando con el teatro. Bueno, tampoco es que encontramos el hilo negro, porque de 2,000 personas ellos lo han logrado con cuatro, pero ahí está”.

Uno de los principales objetivos de La espera es generar conciencia. “Creo que sí abre una reja para que hablemos de frente de toda la corrupción que hay en la cárcel, la tortura que se vive, la violencia que los mismos policías ejercen de manera gratuita, casi placentera, sobre los internos”, asegura. “Y este camino de la reinserción que ahí lo vamos caminando y que esperamos que más gente pueda transitar”.

El resultado se ve cuando las madres de los actores le dicen que es la primera vez que ven a sus hijos hacer algo por lo que les pueden aplaudir. “A nivel de ellos (los actores) decían: ‘Yo pensaba: ya se acerca la hora del ensayo, tengo que dejar de estar pensando en lo mismo’. ¿Qué es lo mismo? ‘Por qué me equivoqué, por qué lo maté o por qué no me mato yo de una vez’. Entonces el arte viene a dar una pequeña gotita de esperanza, una pequeña gotita de voz desde otra manera, no de la manera en la que estamos acostumbrados. Ahí es dónde está, me parece, la clave de la salvación: el arte no te califica, no te discrimina, no te aparta, sino que te da un lugar para tu voz y para aquello que no has encontrado la manera de decir”.